Friday, 23 September 2011

REDD, Bosques y Realpolitik

Mayke Santos
Aunque este documento no pretende elaborar una nueva narrativa de invasiones neoliberales y metamorfosis económicas a escala global, la primera y necesaria conclusión que se yergue de una revisión seria de la literatura sobre cambio climático y su realpolitik es que debemos entender los cambios en los paradigmas económicos que han tenido lugar en las últimas décadas del siglo XX, si hemos de entender las narrativas de cambio climático en el siglo XXI. La manera en que la mayoría de los gobiernos del mundo —ambos desarrollados y por desarrollarse— han decidido combatir el cambio climático; esto es, a través de mecanismos simpatéticos con los mercados financieros, no podría ser entendido cabalmente si no se le subsume dentro del nuevo orden económico liberal que se levantó desde principios de la década de los 80 en adelante. En un mundo gobernado por reglas de libre mercado y la globalización, reducir las emisiones provenientes de la deforestación y la degradación de la tierra ha sido visto como la manera más barata de mitigar el calentamiento global en el menor plazo de tiempo. Esta narrativa ha sido parte de un esfuerzo por retratar los bosques del planeta como la piedra angular del combate contra el cambio climático. Una mirada más cercana a este nuevo mecanismo revela que bajo su simplicidad se esconde el enorme peligro de la apropiación de nuestros bosques, en el nombre del combate contra el calentamiento global.
Reduciendo emisiones provenientes de la deforestación y la degradación de la tierra (REDD por sus siglas en inglés), o en otras palabras, la creación de un ‘valor económico para el dióxido de carbono almacenado en los bosques, ofreciendo incentivos para que los países en vías de desarrollo reduzcan sus emisiones provenientes de […]  expansión de la agricultura, conversión de bosque en pastizales, desarrollo de infraestructura, tala indiscriminada e incendios’,[1] ha sido elevado hasta el tope de la agenda medioambiental desde la publicación de la Stern Review[2] (La Economía del Cambio Climático: 2006), y la publicación del IV Reporte de Evaluación del IPCCC (Cambio Climático: 2007). Aunque los cambios en el uso de la tierra han formado parte de la literatura científica sobre cambio climático desde la publicación del I Reporte de Evaluación (1996), sería la Stern Review la que haría cundir el pánico entre el público en general al ponerle un precio a los efectos del cambio climático, y por estresar el papel de la deforestación en la producción de gases de invernadero en una cantidad inclusive mayor que aquella producida por el sector de transporte a escala global.[3] El reporte resaltó el hecho de que los cambios en el uso de la tierra eran altamente inciertos, y la mayoría de los modelos económicos producidos para el mismo fueron elaborados con datos del IPCCC y el World Resource Institute, lo que significaba que no había nada de nuevo en los cálculos; aun así, la aseveración en el reporte de que la deforestación era responsable por 18%[4] de las emisiones a nivel global se convertiría en una ciega creencia entre el público y muchos medioambientalistas, incluyendo una gran cantidad de economistas. En el 2007, el IPCCC publicó su IV Reporte de Evaluación, en el cual confirmaba las conclusiones de la Stern Review. El IPCCC también apoyó la idea de que fuertes reducciones en las tasas de deforestación y degradación de la tierra eran necesarias para producir ‘el impacto más inmediato en el carbono en el corto plazo por hectáreas y por años globalmente […], ya que largas cantidades de CO2 no son emitidas cuando se previene la deforestación.’[5]
Las conclusiones de la Stern Review y del IV Reporte de Evaluación tuvieron dos impactos inmediatos en las negociaciones sobre el cambio climático. El primero fue desviar la atención dentro del marco de la Convención sobre Cambio Climático sobre la responsabilidad histórica de los países desarrollados con respecto a la producción de los gases de invernadero, apuntando el dedo acusador sobre los países en desarrollo debido a su rol en la deforestación. No podemos decir que esto fue la intención de ambas instituciones; pero para muchos países desarrollados dichos informes constituyeron dura evidencia de que un cambio en las negociaciones no sólo era necesario, sino posible. El segundo efecto fue concentrar los esfuerzos del sector privado sobre cuáles serían los beneficios que la deforestación les brindaría en términos de oportunidades de negocios. Si era cierto que el 18% de las emisiones eran producidas por la deforestación a nivel global, y que dicha deforestación estaba enteramente focalizada en los países en desarrollo, el detenerla significaría que los países desarrollados no tendrían que llevar a cabo dolorosas reestructuraciones en casa, no teniendo que aumentar los precios del combustible ni que invertir miles de millones en nuevas tecnologías y su implementación; sin dejar a un lado el costo político de ponerle un tope, o peor, un impuesto, al consumismo opulento de los norteamericanos y europeos. Por otro lado, un tope en las emisiones de los países en desarrollo significaría, aunque de manera muy indirecta, darle un respiro a las viejas economías en la lucha en que se ha convertido la economía global con el surgimiento de los nuevos actores desde finales de la década de los 70.
Los sectores financieros y energéticos en los Estados Unidos habían sido un factor de peso detrás de EPA (la agencia ambiental del gobierno de los Estados Unidos), financiando investigación y patrocinando escuelas e universidades, para la creación del famoso mecanismo cap-and-trade en el programa de la lluvia ácida. El cap-and-trade dividía ciertos condados en zonas (Non-Attainment areas) para las cuales establecía un máximo en la producción de aquellos gases que ocasionaban la lluvia ácida, por encontrarse éstos sobre el límite establecido por la Clean Air Act. Ningún negocio era permitido entrar a dicha zona hasta que el aire de la misma no mejorara, pero se le permitía a los contaminadores vender certificados por las reducciones que produjeran; así, nuevos negocios podían entrar cubriendo sus emisiones con dichos certificados. El tema es que dichas áreas básicamente permitían que los contaminadores siguieran contaminando, y si nuevos actores deseaban entrar en el negocio de la contaminación, pues tendrían que pagarle a los viejos contaminadores para poder ingresar. Esto contrasta claramente con un sistema en el cual los contaminadores fueran pechados con un impuesto por cada tonelada que produjeran sobre la base de, digamos, una estimación sobre cuánto costaría limpiar dicha tonelada.
Similarmente, son los sectores financieros y energéticos, pero esta vez a escala global, los que impulsan detrás de los bastidores con la venia de sus gobiernos, por la implementación a escala global de un mercado de emisiones de CO2, el tema es que esta vez las reservas para producir los certificados que permitirían que la fiesta de la contaminación siga su curso, están en los bosques del planeta. Dichos bosques son parte de las jurisdicciones nacionales y los países en desarrollo se han declarado en rebeldía con respecto a atenuar de manera alguna la soberanía nacional en dichos parajes. El tema es realmente complicado, renunciar a la soberanía de nuestros bosques es darle luz verde a la privatización y mercantilización de los recursos que en ellos se encuentran; pero al mismo tiempo, no somos capaces de protegerlos y cada día, en nombre de la soberanía nacional se pierden miles de hectáreas de bosques con el lema del desarrollo y el crecimiento económico. Debemos dar por sentado que si nos ponemos a esperar por subsidios económicos para proteger nuestros bosques, estos quizás lleguen muy tarde; de ahí que si no se quiere llegar a un punto de inflexión, lo países en vías de desarrollo deben olvidarse del chantaje por dinero en la ONU y ponerse a trabajar. Hay sobradas razones para los nostálgicos y para los pragmáticos. Para los primeros es importante salvar el bosque porque son sitios de belleza sin igual que nos conectan con la naturaleza y con nuestro intrigante pasado. Para los segundos, los bosques son los yacimientos petrolíferos del futuro, la biogenética y la medicina del futuro yace escondidas en ellos esperando por ser descubierta. Esto contrasta con querer ilustrar los bosques como sumideros de carbono, listos para ser privatizados y venderse por lotes. Los bosques no son enormes tanqueros de almacenaje; por el contrario son los últimos espacios de la biodiversidad. Biodiversidad de la cual la raza humana, quiéralo o no, es parte.     


[1] UN-REDD Program. About REDD+. Online: http://www.un-redd.org/AboutREDD/tabid/582/Default.aspx
[2] Stern, N. (2007). The Economics of Climate Change. The Stern review. Cambridge University Press: Cambridge.

[3] Ibid, Chapter VII, boxes 7.1 and 7.2, pp. 171-173, and Annex 7f.
[4] Los datos provenían del World Resource Institute (2000) World Green House Emissions: 2000. Online: http://www.wri.org/chart/world-greenhouse-gas-emissions-2000

[5] IPCC (2007). Climate Change 2007: Working group III: Mitigation of Climate Change, Chapter 9: Forestry; p. 550. Online: http://www.ipcc.ch/pdf/assessment-report/ar4/wg3/ar4-wg3-chapter9.pdf

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